Me gustan las cosas que no parecen recién sacadas de la caja. Un bolso que se ha usado cuenta más que uno que se ha pasado la vida en una funda protectora. Un arañazo, una mancha más oscura en el cuero, un asa que se ha vuelto más suave con el paso de los años… Para mí, eso no son defectos. Son huellas.
Sin embargo, cuando se trata de artículos de lujo, esa serenidad suele desaparecer. Entonces hay que pulirlos, protegerlos, conservarlos y, a veces, lo mejor es ni siquiera utilizarlos. Como si un objeto tuviera que parecer, a toda costa, que nunca hubiera formado parte de la vida.
Para mí, ahí es precisamente donde empieza lo interesante.
Porque, ¿qué valor tiene un objeto de lujo si no tiene historia? Por supuesto, se puede mencionar su precio, la marca, el modelo y el año de fabricación. Pero, en primer lugar, eso no son más que datos.
Lo interesante surge cuando un objeto se ha convertido en parte de una vida.
Un bolso recuerda
Quizás este bolso haya estado de viaje. Quizás estuviera en el asiento trasero de un coche mientras alguien se atrevía a empezar de nuevo. Quizás estuviera en una habitación de hotel en París o colgado del brazo de alguien que ese día vivió algo muy especial.
Quizás se la haya usado demasiadas veces, no se le haya cuidado lo suficiente o, en algún momento, se haya olvidado de ella. Todo eso también forma parte de su historia.
Un objeto que se utiliza va cambiando. El cuero se oscurece, el metal pierde su brillo y las costuras se ablandan. Hay quien lo llama desgaste.
Yo lo llamo recuerdo.
La pátina es la memoria del material. Se forma con el paso del tiempo, el contacto, la luz y el movimiento. No se puede planificar realmente y es muy difícil imitarla de forma creíble.
Una huella auténtica requiere una vida auténtica.
La perfección no suele ser más que miedo envuelto en un bonito envoltorio
En el mundo clásico del lujo, cualquier cambio se considera rápidamente una pérdida de valor. Un arañazo puede hacer bajar el precio. Una decoloración se convierte en un problema. Un borde desgastado se fotografía, se mide y, en caso de una posible venta, se trata casi como una confesión.
Me parece raro.
Al fin y al cabo, nosotros tampoco nos volvemos más interesantes por el hecho de haber permanecido intactos. Llevamos a cuestas nuestros años, nuestros errores, nuestras decisiones y nuestros desvíos. Aun así, no calificaríamos automáticamente de «dañada» una vida vivida.
¿Por qué, entonces, exigimos que las cosas no tengan pasado?
Quizás porque la perfección promete seguridad. Un objeto impecable da la sensación de ser controlable. Parece que nada puede salir mal.
Sin embargo, la perfección no suele ser más que miedo envuelto en un bonito envoltorio.
BrandArt no parte de cero
Cuando trabajo con un objeto de lujo, no parto de cero. El bolso, la cartera o el complemento ya aportan algo de por sí: una forma, una marca, un valor cultural y, a veces, incluso signos visibles de uso.
No voy a borrar ese pasado.
Trabajo con ella.
Para mí, BrandArt no consiste en restaurar un objeto antiguo hasta que vuelva a parecer nuevo. Tampoco se trata de ocultar hábilmente un arañazo o de pintar por encima de una decoloración de forma decorativa.
Se trata de la transformación.
El objeto adquiere un nuevo entorno, un nuevo mensaje y una nueva función. El lienzo se convierte en un escenario. El color, la tipografía, el simbolismo y el material entablan un diálogo.
El bolso sigue siendo reconocible, pero ya no es solo un bolso.
El lujo puede dejar de ser algo exclusivo
Un artículo de lujo suele ir acompañado de unas expectativas bien definidas. Debe transmitir elegancia, representar el éxito o indicar pertenencia. En este sentido, la marca suele contar ya la mitad de la historia antes incluso de que la persona pueda decir nada.
Me interesa saber qué ocurre cuando se altera ese orden.
¿Qué ocurre cuando el logotipo ya no es lo más importante? ¿Qué pasa cuando un bolso ya no solo se lleva puesto, sino que se contempla? ¿Y qué surge cuando las huellas del uso no se ocultan, sino que pasan a formar parte del mensaje artístico?
Entonces, quizá el lujo pierda su actitud comedida.
Y adquiere personalidad.
Ese es precisamente el momento que busco. El objeto se desprende de su función original sin renegar de su origen. La marca sigue siendo visible, pero ya no domina la obra.
El estatus se convierte en material. El consumo se convierte en comentario. Un objeto se convierte en arte.
Una pieza única no necesita una superficie impecable
Hay quien ve en los signos de uso, en primer lugar, un defecto. Yo, en cambio, veo en ellos una invitación. Porque allí donde algo ya no es perfecto, surge espacio para un nuevo significado.
Una obra de BrandArt no tiene valor porque todo en ella sea liso, limpio e intacto. Tiene valor porque es irrepetible.
El objeto trae consigo su propia historia. Yo le añado mi propia visión. Ambas se unen y se convierten en algo nuevo.
Una segunda obra puede ser similar, pero nunca idéntica.
Un lienzo diferente deja huellas diferentes. Un lienzo diferente exige decisiones diferentes. Incluso un supuesto error puede cambiar el curso de una obra.
Para mí, ahí radica precisamente el poder de lo único.
No está estropeado, sino que se ha vivido
La pátina no es un problema que haya que eliminar. Es, a la vez, material, recuerdo y resistencia. Contradice la idea de que el valor solo puede surgir allí donde nada ha sido tocado.
Yo creo todo lo contrario.
El valor suele surgir precisamente allí donde algo ha podido dejar huella. Donde un objeto ha sido utilizado, querido, olvidado y redescubierto. Donde ya no tiene por qué ser perfecto para que se le aprecie.
Original. Usado. Transformado.
No es valioso a pesar de su historia, sino precisamente por ella.